Medicina Cuantica

El Arte de Vender Pastillas

by on abr.18, 2011, under Bloguero Destacado, Farmacéuticas, Medicina, Testimonios Personales

Miguel Jara, periodista especializado en el mundo de la salud, corresponsal del British Medical Journal y colaborador habitual de la revista médica DSalud, saca nuevo libro “Laboratorio de Médicos. Viaje al interior de la medicina y la industria farmacéutica” (Península, 2011). Es un relato escrito en primera persona por un periodista que investiga la práctica habitual, consentida y promocionada por muchos laboratorios farmacéuticos, de intentar comprar la voluntad de muchos médicos para que receten sus productos y las consecuencias que ello conlleva para la salud pública. Miguel adelanta el índice y el primer capítulo del libro. Mostramos algunos fragmentos del primer capítulo.

“Cuando aquel correo electrónico asomó sus letras de terciopelo en la bandeja de entrada de una de mis cuentas supe que más pronto que tarde tendría una buena historia:

Buenas tardes:

Mi nombre es Nikita. He visto hoy la noticia sobre «Soborno médico» en Informativos Tele5 y me veo en la obligación de contactar contigo. Trabajo como visitadora médico en una de las principales multinacionales desde hace diez años. Actualmente, me encuentro en situación de baja por ansiedad, tras denunciar el incumplimiento del código ético internamente (hay un protocolo para ello). La respuesta fue limitarme el acceso informático, aislarme, intentar engañarme…

Así, una vez llegué a la conclusión de que todos están «compinchados» interpuse denuncia en el Juzgado de Guardia de mi ciudad en septiembre de 2007.

También he solicitado judicialmente rescindir mi contrato de trabajo. Estoy esperando la fecha del juicio. En él voy a presentar como testigos a cuarenta médicos del Salud (Servicio Aragonés de Salud) que supuestamente figuran como beneficiarios de cursos de informática (falsos) y comidas también falsas. Algunos son supuestos beneficiarios, pero en otros casos soy testigo de que se utiliza sus nombres para blanquear dinero.

No quiero seguir escribiendo sin saber si recibes bien la información, y cuando tenga fecha del juicio no tendré inconveniente en aportar toda la información y documentación para que se investigue objetivamente este caso y se informe con veracidad a la opinión pública. Un cordial saludo, Nikita.

La razón de mi alegría era clara. Había aparecido alguien que podía poseer información valiosa y tenía ganas de contarme su historia. Además, se expresaba de manera correcta y exhibía el grado de deontología periodística que apadrino: no escribo si no hay documentos que verifiquen mis afirmaciones y ella los tenía y quería que publicara su viaje a los infiernos de una corrupción aceptada. Nikita, dura de matar, como en la película de Luc Besson. Condenada a muerte por un crimen que no cometió. Acción, drama y espionaje prometían esperarme en un frente de batalla literario.

Pero Nikita no había sido el primer hilo del que yo estaba tirando para intentar deshacer esta madeja de podredumbre. Todo había comenzado en la Navidad de 2006. Aquellos auténticos Reyes Majos habían dejado en la agitada tranquilidad de mi hogar uno de los mejores regalos posibles, informaciones de gran calado social bien acompañadas de soporte documental que las avalen. El editor de una página web de salud, de diseño muy básico pero con informaciones poco habituales, había colgado uno de mis reportajes, «Medicamentos que matan». Este trabajo fue el primer resultado de mis investigaciones sobre los efectos adversos de los medicamentos y las prácticas de la industria farmacéutica. Su publicación sirvió como punto de partida de mi proceso de profundización en las actividades de este sector económico que se plasmarían en mi primer libro. El promotor de dicha web, un argentino de nombre Axel que luego desatendería la página por problemas de salud y que ya no volvió a actualizarla, había recibido un correo electrónico en su cuenta de la sección «Contacto» de un visitador médico que había leído mi reportaje y quería contactar conmigo.

A los pocos días recibí su misiva preguntándome si quería conocer su caso. Aquello tenía buena pinta. No presentaba la sutileza de las palabras con las que Nikita adornaba sus expresiones, pero dejaba entrever que tenía algo verdaderamente importante que contarme. Como no se ha de desaprovechar laboratorio de médicos una oportunidad sin al menos conocer el asunto, le dije que sí, claro que me gustaría que me explicara al menos por encima qué tenía y qué documentación podría aportarme, pues ya saben: no trabajo si no hay documentos rigurosos que acrediten lo que me narran.

La info de que dispongo es comprometedora para la empresa [en la que trabajaba]. Son doc. originales con datos de los medios a utilizar, cantidades a tener en cuenta, material de imprenta con los nombres de medicamentos, información de médicos con lo que están recetando y el lugar de preferencia, etcétera…, en fin son muchos datos con normas y directrices. Si te parece para contactar envíame un teléfono —me escribía disculpándose por la variada colección de errores de escritura del texto—. Lo estoy haciendo muy rápido y no soy muy experto en estas lides informáticas. Te ruego la mayor discreción, la mía siempre la tendrás —concluía.

Este era mi primer contacto real, aunque «virtual», con la corrupción médica. Un inframundo capaz de roerle los intestinos al más duro y, sin embargo, de esa podredumbre dependían miles y miles de seres humanos necesitados de un sustento para poder mirarse al espejo cada mañana, aunque fuera con cara de decir «basta». También era el maná para consolar la angustia que a millones de seres les suponía padecer una o algunas enfermedades, imaginarias o reales.

Alguno rompería aquel espejo con el puño y dejaría su marca de sangre en los retazos rasgados de su fracaso personal.

Alguno había traicionado la ética que se había comprometido a mantener. Otros ni siquiera necesitarían tales remilgos para desarrollar el Procedimiento. Hablamos por teléfono, claro. Hablamos mucho, el material que ofrecía mi contacto era de primera clase, pura business class. Fuimos cogiendo confianza. Él necesitaba, ansiaba, encontrar un periodista con credenciales en estos temas para ejercer su venganza. Sí, no todas las fuentes o personas que se acercan a un periodista lo hacen por amor a la verdad, por el desafío que marca la frontera compromiso social o por hambre de justicia; también existen aquellas para las que esto es algo secundario, lo que las mueve es su odio a quien les ha hecho daño, una actitud muy humana por otra parte, ¿no?

En efecto, J. había sido despedido de Schwarz Pharma, la empresa para la que trabajaba como visitador médico, una multinacional farmacéutica alemana. A través del hilo telefónico una voz desgarrada, madura, que carraspeaba con frecuencia con sabor a vino viejo y tabaco, mucho tabaco, me narraba desde Oviedo lo injusto que era que le hubieran despedido. Él hacía muy bien su trabajo y este consistía en comprar la voluntad de los médicos, incluso con dinero, para que recetasen los medicamentos del laboratorio al que representaba.

Superada la cincuentena, J., que podía acreditarme con los índices de producción de la compañía que había conseguido una gran rentabilidad para la compañía, sentía que no le habían valorado suficientemente. Cuando la «producción» cayó unos años después, cuando las canas que peinaba ya no aguantaban el peso del tiempo en la empresa, en esta habían decidido reemplazarlo por otro más joven, barato y maleable. Algunas de las muchas noches en las que me llamaba, la voz de mi interlocutor se entrecortaba con sollozos, pues sentía que alguien se molestaba en escucharle. A mí se me encogía el alma.”

Me gustaría añadir a modo personal que tengo buenos amigos médicos y me consta que no todos los médicos son comprables; que no todos se prestan al juego de coger papel por debajo de la mesa ni pagar sus compras del Corte Inglés con tarjetas VIP de la farmaindustria. Algunos prefieren mantener el código ético que una vez juraron.  No son muchos según me cuentan mis amigas visitadoras médicas, pero prefiero seguir pensando que en el delicado mundo de la salud, la honradez, la dignidad y el desinterés económico siguen presentes cada día en las consultas de médicos que presumo siguen teniendo un código moral impoluto. 

GRACIAS LILY

FOTOS: www.joshuacole.com

 

Más información en la web de Miguel Jara 

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